por astrid ortiz.
¡es
indignante!; hoy afganistán atraviesa un periodo de oscuridad, y no lo digo en
metáfora. aislar del mundo a todo un país, como lo hicieron los terroristas
talibanes, no es una “medida técnica”, es un acto de cobardía, es el miedo de
un gobierno a que la gente hable, a que se enteren, a que el mundo vea.
sí, ya he
leído que en las guerras, lo primero que cortan es la comunicación. ¿por qué?
porque la información es poder, es lo único que todavía no pueden controlar con
armas.
dicen los
terroristas que lo hacen para evitar conductas inmorales, y a mí “me hierve la
sangre”. según ellos, es inmoral para el sexo femenino estudiar , expresarse,
que una mujer se conecte y publique un video cantando….
pero yo
pregunto: ¿qué acaso no es inmoral asesinar, quemar casas, mutilar mujeres
(como en el caso de bibi aisha), silenciar a quienes piensan distinto? ¿eso no
entra en su lista? ¿cómo ven si ahora su pueblo los castiga por cometer esas
conductas inapropiadas? ¿esas preguntas ya no les gustaron, verdad talibanes?.
porque a mí me da mucho gusto ponerlos a pensar en cómo sería si probaran una
cucharada de su propia medicina.
que por
cierto: cuando bibi aisha, quien fue mutilada por escapar de su casa luego de
un matrimonio forzado a los 12 años, salió a contar su historia a los medios,
con imágenes de su rostro desfigurado, ustedes la desacreditaron y dijeron que
ella hizo toda una campaña de desprestigio en su contra. según tengo entendido,
la mentira en el islam también es pecado (es haram). su doble discurso está
clarísimo: es conveniencia. ¿ya se volvieron a enojar?
porque la
oscuridad del grupo talibán es política, el islam llevado al extremo, un
régimen que prefiere arrasar casas enteras con tal de silenciar a sus enemigos
políticos.
imagínalo,
talibanes derribando viviendas, dejando a familias enteras sin techo, sin
pertenencias, sin nada, solo porque sospechan que alguien ahí piensa distinto.
¿te suena medieval? pues no lo es; está pasando en pleno 2025, y la comunidad
internacional apenas levanta la ceja, lanza un comunicado tibio, y pasa la
página.
el
monstruo que devora en el nombre de alá.
no nos
confundamos; lo que ocurre en afganistán no es un accidente de la historia. es
el resultado de décadas de fanatismo religioso convertido en arma de control.
los talibanes no gobiernan, dominan; no dirigen, imponen. su “ley divina” es
excusa para perseguir, castigar, reprimir.
la onu ya
ha advertido que millones de afganos necesitan ayuda humanitaria urgente, que
la mitad de la población sufre hambre. no sé ni cómo llamarle a eso: ¿justicia?
no. ¿terror? sí. es el símbolo más claro del extremismo que representan: borrar
al otro de raíz, con todo y su techo. y aquí es donde me pregunto, ¿qué tan
vacía tiene que estar tu mente para sentirte fuerte solo cuando destruyes lo
ajeno?
y
mientras tanto, ¿qué hacen los talibanes? arrestan a mujeres solo por salir sin
compañía masculina, dejan el sistema de salud en condiciones paupérrimas, censuran
la música, destruyen casas, cortan la luz, cierran escuelas para niñas, las
obligan a casarse con hombres de la tercera edad…. esto último es pedofilia y
abuso sexual infantil; en fin, la hipocresía.
mujeres:
humilladas como nunca y valientes como siempre.
como
mujer, no puedo callar cuando pienso en ellas: las que han sido borradas de la
vida pública, reducidas a sombras en su propia tierra. y lo que me rompe
todavía más: que ellas no se rinden. que a pesar de todo, las mujeres afganas
siguen cantando, siguen escribiendo, siguen resistiendo desde el exilio. eso me
parte y me inspira a la vez.
“las
mujeres están siendo eliminadas de la sociedad”, dijo recientemente la relatora
de la onu sobre derechos humanos en afganistán. eliminadas. qué palabra tan
dura, tan fría. pero es real.
¿sabes
qué es lo más doloroso? que para muchas de esas mujeres, el apagón de hoy no
cambió nada: ya vivían en la oscuridad.
y claro,
aquí me tengo que detener en nosotras. en méxico también vivimos violencia,
claro que sí. pero cuando miro lo que pasa en afganistán me doy cuenta: estamos
en la gloria comparadas con ellas. y aun así, aquí seguimos luchando para que
nos crean, para que nos respeten. entonces, ¿cómo no solidarizarme con las
afganas? ¿cómo no alzar la voz por ellas, si a nosotras también nos ha costado
que nos escuchen?
desde nuestro
privilegio.
aquí es
donde la rabia me sube a la garganta. porque es fácil indignarse a la
distancia, compartir un tuit, poner un “qué horror” en redes. pero, ¿y después?
el mundo se acostumbró a ver a afganistán como si fuera una tragedia
inevitable, un país condenado a sufrir bajo la sombra del extremismo.
no lo es.
la indiferencia también es complicidad, la oscuridad no se apaga con
silencio. yo no
creo en gobiernos que se disfrazan de religión para justificar abusos.
no quiero
cerrar con esperanza vacía ni con un “todo mejorará”. quiero cerrar con
crudeza: lo que está pasando en afganistán es represión, y la represión nunca
ha sido moral, ni islámica, ni cristiana, ni de ningún dios. y si alguien me
lee desde la comodidad de su casa y piensa: “eso está muy lejos”, cuidado.
porque apagar internet, quemar casas y silenciar mujeres son métodos viejos,
reciclados, que se pueden repetir en cualquier parte del mundo.
el apagón
de hoy no fue solo un fallo eléctrico: fue una metáfora dolorosa de lo que
significa vivir en afganistán actualmente. y yo, desde este rincón del mundo,
me niego a quedarme callada.
hoy les tocó a ellos, a los afganos. mañana, quién sabe. hoy quiero que leas esto y sientas un golpe en el estómago. que entiendas que mientras tú enciendes la luz de tu habitación, en afganistán alguien perdió su casa porque un régimen decidió que pensar distinto es delito; que mientras aquí lees una columna donde discutimos si la religión debe o no meterse en la política, allá si haces eso, cuídate 24/7.

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